La Colección de Arte Latinoamericano
La Colección de Pintura Latinoamericana del Museo Nacional de Bellas Artes está compuesta aproximadamente por 150 obras correspondientes a países de las regiones de Mesoamérica, Suramérica y el Caribe. Cronológicamente, el conjunto abarca el período que comprende desde los siglos XVII al XIX, y se conformó como núcleo especializado a fines de la década del setenta. La técnica más utilizada es el óleo sobre diversos soportes tales como la tela, tabla, cartón y metal. El género más abordado es el religioso, seguido por el retrato, el paisaje, las escenas costumbristas y la alegoría. La temática mariana tiene la primacía dentro del género religioso; luego, la vida de Cristo y por último, la hagiográfica o vida de los santos.
Las piezas de este núcleo ingresaron al Museo Nacional mediante compras, donaciones, transferencias, y procedían en su gran mayoría de coleccionistas privados y en menor cuantía, de iglesias y conventos. La primera obra que ingresó a la colección fue donada por el Arzobispado de La Habana en el año 1913 cuando se crea la institución. La época de mayor incremento de los fondos fue en los años 60 y 70. Junto a un gran número de pinturas anónimas, característica del arte colonial americano, poseemos obras de importantes autores. Entre los mexicanos del siglo XVIII se encuentran Fray Miguel Herrera; José Alcíbar, considerado en su país el pintor más famoso a fines de ese siglo; Miguel Cabrera, pintor guadalupano por excelencia, fundador de la primera academia de pintura en la Ciudad de México. También sobresalen las creaciones del puertorriqueño José Campeche y del venezolano Fernando Álvarez Carneiro, uno de los pintores dieciochescos más conocidos; así como Luis Montero Cáceres, significativo artista peruano del siglo XIX.
Una de las obras más interesante y representativa de la poética andina dentro de la colección es, sin lugar a dudas, María Reina, perteneciente al Virreinato del Alto Perú y realizada en el último tercio del siglo XVIII. En lo formal se caracteriza por un rechazo a la perspectiva, al claroscuro, a los juegos de luces y al realismo. Se nos presenta la imagen de la Virgen, coronada como reina del mundo. Concebida con un carácter estático y solemne, la figura es hierática; su rostro es sencillo, arcaico y poco expresivo, bordeado por el cabello que se desplaza a lo largo de la espalda, mientras las manos reposan unidas junto al pecho. En su vestuario predomina el decorativismo. Lleva un traje color púrpura con un ceñidor en la cintura, y un manto triangular -tipo alcuza, característico del barroco surandino- en el que muchos críticos han querido ver representadas las montañas de la región.
De josé Campeche (SanJuan, Puerto Rico, 1751-1809) considerado el primer pintor importante de su país, e iniciador de la tradición pictórica de esa isla, poseemos una admirable Inmaculada Concepción, realizada en 1804. Con perfecto dominio técnico y formal, Campeche aborda la iconografía tradicional del tema según el canon europeo. Con una intensa espiritualidad, matizada por un estilo tierno, utiliza un color luminoso para representar a la Virgen, asociada con la imagen de una joven adolescente en la edad de la inocencia, carente de manchas y pecado. Sus manos, colocadas una sobre otra junto al pecho, reafirman una actitud de humildad. Aparece coronada por doce estrellas, símbolo de las doce virtudes de María, compartidas en un círculo claro, entre resplandores. La Virgen reposa sobre una media luna, con las puntas hacia abajo, estima da por algunos especialistas como una alusión a la castidad y como símbolo del mundo. Ubicada en la parte inferior de la obra, la serpiente -emblema del mal- sostiene en su boca la manzana del pecado original, del que estuvo exenta la Virgen.
Típicamente cuzqueña es la pieza La Virgen con el Niño, fechada entre los siglos XVII y XVIII, en la que resalta el uso del sobredorado, la monotonía de la decoración en el vestuario, el contraste del tratamiento planimétrico de los cuerpos con relación a las cabezas -que adquieren cierto volumen- y el poco interés por el fondo, La figura del Niño parece estar de pie y no apoyado en el brazo de la Virgen, Los rostros, que insinúan una leve sonrisa, fueron dibujados por el autor de forma muy similar: ovalados, cejas arqueadas, ojos almendrados, narices perfiladas y bocas pequeñas. El creador solamente hace énfasis en la contemplación.
El tema de la coronación de la Virgen tiene sus antecedentes en Francia, mientras que esta representación surge en España, a comienzos del siglo XVI. En centurias posteriores, en América, esta temática tuvo gran acogida y existen buenos ejemplos en nuestra colección. Del Virreinato de Nueva España se distingue por su belleza La coronación de la Virgen, obra anónima, realizada en el siglo XVIII. Narra la última escena del ciclo de la vida de la Virgen María, cuando es recibida y coronada en el cielo por el Dios Padre, Jesucristo y el Espíritu Santo. Engamada en rojo, en una composición típicamente barroca, dada sobre todo por el movimiento y la expresividad de las figuras así como por el tratamiento de los paños, esta obra resulta bien equilibrada por la posición de los demás elementos alrededor de la Virgen, figura central de la composición.
La Virgen semiarrodillada, espera su corona como reina del cielo y de la tierra. Su rostro juvenil, hermoso e ingenuo, da la impresión de ser más joven que Jesús. Sus cabellos largos y ondulados le cubren toda la espalda y las manos entrecruzadas, descansan en su pecho, los pliegues de su ropa le imprimen movimiento. A su izquierda, Jesús -representado por la figura de un hombre joven, musculoso, con el torso desnudo y con las heridas de la crucifixión- sostiene la corona y abraza la cruz, aludiendo a aquella en la que fue crucificado. El Dios Padre porta el cetro que expresa autoridad y en forma de una paloma blanca se representa al Espíritu Santo, en medio del Padre y del Hijo. Como figuras de la corte celestial están presentes en la escena los ángeles y querubines, mientras San José arrodillado -lleva un lirio, símbolo de pureza- sostiene al Niño Jesús en sus brazos, en señal de ofrecimiento. El Arcángel San Miguel conduce las almas de los justos desde el Purgatorio hasta el Paraíso. En la composición están representados algunos santos de diferentes órdenes religiosas.
Con la primacía del género religioso la Colección de Pintura Latinoamericana se caracteriza fundamentalmente por su carácter mestizo, hispano-indígena que aunque respeta los cánones impuestos por los conquistadores, deja traslucir el espíritu local de sus creadores, con la presencia de rostros, trajes, costumbres, flora, fauna y elementos de una iconografía americana. Nuestras obras tienen características propias de las corrientes y estilos de las que bebieron sus creadores; se observan en ellas, de manera general, influencias góticas, renacentistas, manieristas, barrocas y neoclásicas.
La colección de arte universal