La Colección de Arte Francés
El conjunto de obras francesas es una de las colecciones más atractivas y equilibradas dentro de las escuelas europeas. Conformado por 330 pinturas y cerca de 500 dibujos y estampas, con predominio de paisajes, retratos y escenas de género, abarca un período dilatado del arte galo: desde la formación en 1600 de una Escuela Nacional Fontainebleau, de acentos renacentistas, hasta sólidos exponentes de los movimientos antiacadémicos de fines del siglo XIX.
Procedentes por lo general de colecciones privadas conformadas con perfiles más o menos definidos y altos estándares de selección, las piezas evidencian el surgimiento y evolución de los cánones académicos, sus sucesivas modificaciones por las estéticas al uso y su entrelazamiento e influencias mutuas incluso con los "ismos" destinados a provocar rupturas en sus mecanismos de creación hacia fines del siglo XIX. A través de núcleos históricamente delineados (siglos XVII, XVIII, XIX Y Escuela de Barbizon) la sala no pretende articular una narrativa del arte francés a través de la exhibición de artistas descollantes o de obras excepcionales, propone más bien una visión dinámica e íntima del proceso mediante la interrelación de ejemplos bien escogidos de las diversas poéticas en boga, y de creadores que supieron encarnarlas con excelencia creativa.
En la sala la presencia dentro del siglo XVII de una pieza como El martirio de Santa Úrsula, de Monsú Desiderio (Francois de Nomé), destaca por su carácter verdaderamente excepcional. Estamos no sólo ante una de las escasas piezas de este autor en América Latina, sino también ante el testimonio de una de las rutas artísticas de más difícil esclarecimiento en la historia del arte europeo. Nacido en 1593, las obras de Monsú Desiderio pueden ser agrupadas, según los elementos predominantes, en tres grupos fundamentales: a visiones del fin del mundo: paisajes desolados, cataclismos: fachadas que se desploman, incendios gigantescos, clarquitecturas grandiosas e imaginarias de todos los estilos: algunas intactas, otras parcialmente destruidas que sirven como teatro de escenas paganas o bíblicas, mártires y batallas. El martirio de Santa Úrsula pertenece a este último grupo. El artista no se propuso una detallada narración plástica de la escena del sacrificio de la Santa, atacada por los hunos al regreso de Roma junto al numeroso séquito de doncellas. Ni le interesan las expresiones fisonómicas propias de tan violento episodio. Una vez más es el ambiente irreal y fantasmagórico el que se impone como protagonista. La paleta ha sido reducida, y las claves bajas son instrumento expresivo de la particular escena.
El color negro ha sido aplicado sobre el fondo de la tela, y sobre él la superposición de pequeñas manchas de color conforman los personajes de la multitud y las estatuas colocadas en frisos o columnas. Acreditada por el especialista Félix Sluys como realizada por Monsú, el nombre de éste fue mencionado por primera vez en el catálogo de la galería Harrach, hacia 1728-1733. Sólo fue en febrero de 1950 en el Museo John Rigling de Los Ángeles que se organizó la primera muestra coherente del artista, impedida hasta el momento por numerosas imprecisiones y misterios en torno a su vida y obra.
Otra sorpresa que depara el patrimonio francés exhibido en el centro de arte universal es la presencia del Retrato del Duque de Orleans, estudio realizado por Jean Dominique Ingres (1780-1867) en 1830. Baluarte del métier académico y la filiación neoclásica de fines del Siglo de las Luces e inicios del siglo XIX, el pintor colocó sus innegables capacidades en función de los mitos y espejos de la gran burguesía gala. La seguridad de la línea, contenedora del volumen, el predominio del dibujo austero, el acabado de la superficie pictórica, se aplican en este caso sobre un cuadro -de pequeño formato- muy semejante a otras creaciones de Ingres como Madame Riviere (Louvre) o el retrato del Conde ikolai Guriev, en el Ermitage. Mientras el primer plano se reserva a la figura del retratado, primogénito del Rey Luis Felipe que en 1830 obtuviese el título de Duque de Orleans, el paisaje se convierte en formulación icónica de la raigambre aristocrática en la que el joven se refleja. Las referencias del Canal de Orleans, construido en 1686 para enlazar el Loira y el Sena, se complementan con las representaciones simbólicas del Gatinais rocoso y el bosque de Beause, patrimonios de la fami- lia real.
Además del siglo XIX, protagonista numérico y cualitativo de la sala, un núcleo verdaderamente insólito es el conformado por obras de creadores procedentes de la llamada Escuela de Barbizon, con exponentes de Camille Corot, Theodore Rousseau, Díaz de la Peña, Daubigny, Charles Emile J acques que a mediados del siglo ofrecieron una interpretación renovada del género del paisaje. De este conjunto formado por veinte piezas, El Viejo Puente de Nantes, de Camille Corot, realizado aproximadamente en 1855. Obra de madurez en la que Corot integra sus búsquedas de una imagen de la naturaleza creada frente a ésta y no basada en la rigidez académica o los modelos neoclásicos. Mientras en la campiña francesa avanzaba la presencia de la máquina y el transporte por ferrocarril, Corot creaba atmósferas vaporosas como las del cuadro donde una figura femenina -con vestuario campesino- aparece fundida al medio natural. El sólido diseño del puente, compuesto por tres arcadas macizas constituye cierta mente el motivo de este cuadro, expuesto en la Escuela de Bellas Artes en 1875 y catalogado en 1905 por A. Robaut. El Museo del Louvre guarda un paisaje de similar tamaño de 1868-1870, que recoge una visión diferente del mismo motivo.