El Museo Nacional de Bellas Artes es la única institución del país que conserva una cantidad significativa y coherente de piezas de las artes plásticas norteamericanas. La Colección de Pintura Estadounidense del Museo Nacional consta de unas 60 piezas, pero contiene ejemplares válidos para crear un itinerario por la historia artística de ese país, y aborda algunos puntos significativos de su desarrollo por los siglos XVIII y XIX. Llama la atención, a pesar de lo reducido de ella, el hecho de que refleja -de manera algo dispersa, pero que a veces parece reagruparse- visiones interesantes que tienen una conexión palpable con la realidad del arte de este país. En sentido geográfico, abarca temáticamente desde el Ártico, con un cuadro de Warren Bradford con dicho tema, hasta el Caribe, pasando además por las cataratas del Niágara, quizá alguna ciudad sureña y la propia Habana. En cuanto a los géneros existen en la colección ejemplos de retratos, de paisajes, de cuadros de género, de marinas, de naturalezas muertas, pintura de animales y hasta de la muy apreciada pintura primitiva norteamericana.
Del siglo XVIII el Museo Nacional posee no menos de tres piezas. A la Escuela de Charles Willson Peale (1741-1827) se asigna el Retrato de un hombre y el de su pareja, el Retrato de una dama. Muy descriptivos, no están exentos de cierto idealismo. Poseemos, además, el gracioso Retrato de una muchacha, también de la época. Igualmente (siglos XVIII-XIX), un Retrato de George Washington, ejecutado en el estilo de Gilbert Stuart, el más famoso iconógrafo del patriota norteamericano. Otro retrato de Washington corresponde a época mucho más tardía en el XIX, debido al pincel de Daniel Huntington, un buen ejemplo de pintura conmemorativa. Él fue alumno de Morse y de Inman, trabajó en Italia y en los Estados Unidos llegó, en 1862, a ser Presidente de la National Academy.
No estamos exentos de muestras de los primeros artistas del siglo siguiente, cultivadores del retrato, como ocurre con Charles C. Ingham, un irlandés que se estableció en Nueva York en 1817, a través de su retrato de Henry Clay. Otros retratos más o menos contemporáneos y el Retrato del general Ulysses S. Grant de Samuel B. Waugh, de la segunda mitad del siglo, apoyan la representación de este tema en la colección.
La pintura de género despega con fuerza alrededor del segundo cuarto del siglo XIX. Una pintura derivativa de las grandes figuras como Subasta de esclavos, de autor desconocido, refleja un modo de ver la realidad. Niña con manzanas, de John G. Brown, es un precioso cuadro donde el candor infantil se alía satisfactoriamente al interés por la naturaleza. Carle-J ohn Blenner, con su Muchacha con flores rojas, pequeña tabla de exquisito gusto complementa la anterior pieza. El accidente, de Philips B. Hahs es una ocurrente escena descrita con admirable nitidez, como lo son los cuadros de Edward L. Henry: Anciana leyendo con gato a sus pies y, sobre todo, Cogiendo frijoles, que demuestran la fineza alcanzada en este género por la pintura de los Estados Unidos.
Otro pintor de género, ligado a una faceta muy interesante e importante de la pintura norteamericana, la de los llamados pintores expatriados, como Whistler y Sargent, vinculables sobre todo a la Escuela Francesa o a la Inglesa, es Walter Gay, autor de Hilanderas, realizado en 1885, donde unas campesinas francesas se encuentran hilando en medio de un cálido ambiente hogareño.
La pintura de animales no está ausente de la colección, y además de litografías de Audubon contamos con un Gallo, debido al pincel de Burr H. Nicholls.
Una especial vertiente del arte norteamericano, ligada a su propio desarrollo desde los inicios, es la de la pintura primitiva que cobra cuerpo en pleno siglo XIX. En la dehesa (ca. 1850), de autor anónimo, es sin dudas un ejemplo satisfactorio. La vigorosa floresta enmarca a las figuras humanas y a dos yeguas que, del otro lado de la cerca de troncos de árboles están junto a sus respectivos potros.
El paisaje es el género más bien representado en nuestra Colección de Pintura Estadounidense, desde los albores que significó la Escuela del Río Hudson hasta la mirada impresionista del Grupo de los Diez. Este género sólo había tenido apariciones muy discretas hasta comienzos del siglo XIX, cuando surge de manera abrupta, descubriendo la naturaleza salvaje e imponente del Nuevo Continente, de la mano de la mencionada escuela, con su grandilocuente lenguaje. Uno de sus iniciadores, Thomas Doughty es considerado el pionero del paisaje norteamericano y de él poseemos una pieza: Paisaje con un lago y montañas. Vinculados a la escuela tenemos Paisaje, de Horace Wolcott Robbins, nacido en Mobil, Alabama; exuberante vista, posiblemente de Jamaica (pues allí trabajó y ese parece ser el escenario representado), en la que los tonos empastelados, muy del gusto de estos artistas, son diestramente combinados con sombras de agradable dramatismo, así como un paisaje de De Witt Clinton (Boutelle), Primavera en la granja, influenciado por Durand y por Cole, maestros de la escuela. Régis Gignoux, un francés emigrado que representaba temas norteamericanos y de quien conservamos unas imponentes Cataratas del iágara, se agrega a la colección de paisajes. De un pintor más académico, O.B. Loomis, poseemos el Paisaje con un cazador.
Aún dentro del paisaje, un capítulo particular e importante de la época -ya hacia fines del siglo- es el de la pintura impresionista, en la que sobresale Childe Hassam, el más destacado impresionista estadounidense, con su Vista del Paseo del Prado de 1895, novedosa visión impresionista de La Habana en el siglo XIX, Por otra parte, conservamos Paisaje (1878), de John Henry Twatchman, el primer maestro en llevar a su país las teorías y los métodos del impresionismo; su enseñanza fue importante en la dirección que asumirían los jóvenes pintores hacia fines del siglo. Ambos, Twatchman y Hassam, pertenecían al Grupo de los Diez (The Ten), pintores de los más avanzados de los años 90 en Norteamérica. Twatchman ofrece una muestra de buena pintura impresionista y un testimonio de cómo había cambiado la manera de representar la naturaleza, adaptándose a la modernidad. J ames Crawford Thorn, con dos obras, ambas bajo el título de Paisaje rústico, se agrega a esta lista de paisajistas de vanguardia.
Marina con tres veleros, es un dinámico cuadro dentro de la larga tradición de la pintura de marinas inglesa, con una nueva visión norteamericana, volcada a plasmar en las telas la preponderancia del comercio y el surgimiento de naves más expeditas que lo facilitaran. Otros cuadros en los que se ven embarcaciones son reforzados por vistas de la costa como Paisaje marino con costa de Thomas Alexander Harrison y Marea baja, de Alfred-Thompson Bricher así como la pintura de William Bradford, Marina, reflejo de las regiones árticas.
Finalmente, George Henry Hall, pintor de género, de flores y de frutas, nos remite a una manifestación que se concilia muy bien con la pintura de género: la naturaleza muerta. En Naturaleza muerta con frutas, obra de índole muy íntima y discreta, unas uvas con alguna fruta más, y una rosa que sirve de adorno a aquellas, como podría seda de alguna dama que retratara un artista, cautivan nuestra atención. William Maris Brown se aúna a Hall en la representación de este género en nuestra colección .
Las obras de arte estadounidense que conforman la colección...